(Por Moisés Palmero Aranda Educador Ambiental) Debería estar hablando del cúmulo de bonitas sensaciones y emociones que he vivido este fin de semana en mi minúsculo mundo de cuentos infantiles y árboles de piruletas, pero es imposible abstraerse, como cantaba Sabina, a este nuevo salto mortal que viene a confirmar su profecía de “que el hombre de hoy es el padre del mono del año 2000”.
Nada dirá el programa de hoy de la presentación de “El Corazón del Gigante”, de este eclipse de mar, ni de ti ni de mí ni de nuestras vidas, porque todo gira en torno a una guerra, provocada por unos canallas, que nadie quiere, pero de la que todos somos víctimas, daños colaterales, monigotes de quita y pon y de usar y tirar.
Canalla es un adjetivo ridículo para esta gentuza que se cuadra delante de los féretros de sus soldados caídos en combate, los que ellos mandaron a morir en nombre de la paz, de la democracia, la libertad y de los derechos humanos, pero que todos sabemos que mienten, porque lo único que les preocupa es llenar sus bolsillos y repartirse el capital, el petróleo, el poder y el planeta con sus amigotes.
Pienso en palabras mucho más gruesas, pero si la uso es en honor a Julio Anguita, que a pesar del dolor que lo invadía por la muerte de su hijo, mientras cubría como corresponsal la Guerra de Irak, dijo: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Lo hizo, tras enterarse unos minutos antes, en un acto en el que iba a participar en el Teatro de Getafe, que lleva el nombre de otra víctima de guerra: Federico García Lorca. Se quedó corto, pero ante todo era un caballero.
En aquel educado canalla, entiendo que no solo se refería a los cobardes, matones, violentos y asesinos que juegan a ser dioses y héroes pulsando botones rojos desde una casa blanca impoluta, sino que también es adecuado para todos aquellos que los justifican, aplauden y apoyan por interés político, servilismo y miedo a las consecuencias de sus amenazas. A los que, pudiendo gritar, callan, bajan el tono, usan eufemismos o matizan sus palabras. A los que se frotan las manos al ver el río revuelto y se posicionan para sacar tajada o alguna migaja. A los que firman leyes y tratados internacionales con una mano mientras en la otra esconden pistolas, cuchillos y bombas nucleares. A los que creen que su Dios es más justo que el de los demás. A los hipócritas que esconden su ruindad, fanatismo y falta de ética y humanidad con banderas, himnos y proclamas. A los que se quejan de la inflación, pero quieren dar cama, descanso y posada a los que la han provocado. A los que critican, insultan e intentan ridiculizar a los que se pintan las manos de blanco y salen a la calle a manifestarse o navegan hasta Gaza.
Lo más triste de aquella maldición de Anguita, como el ¡No a la Guerra!, es que es un lamento que, estoy seguro, lleva repitiéndose miles de años. Estos días nos han recordado otro clásico, ya que, además del resto de la saga de bodrios comerciales saca dineros, han repuesto El Planeta de los simios, la original de 1968, con la mítica escena final, la de un sobreactuado Charlton Heston de rodillas, gritando ante los restos de la Estatua de la Libertad, tras descubrir, después de volver de misión espacial, que las guerras nucleares habían acabado con nuestra sociedad: ¡Lo habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡Os maldigo!
Maldiciones a las que, aunque no sirva para nada, me uno, y le añado, por si no tengo ocasión: ¡Viva Cuba libre!









