(Por Moisés S. Palmero Aranda Educador Ambiental) A la expectación por el eclipse solar, esta semana hay que añadirle unos grados más de nerviosismo e incertidumbre por la nueva oleada de migrantes planeada desde Marruecos. Al menos la han anunciado para unos días después del evento astronómico; no sé si por respeto o porque la consideren un mal augurio en su cultura y religión, pero si fuese yo el organizador, aprovecharía que todos miran para el sol con gafas oscuras para saltar la frontera.
Es más, aprovechando que Celtas Cortos celebra su 40 aniversario, lanzaría junto al mensaje por redes sociales su canción «Haz turismo», del disco «Gente impresentable». Hace unos días la cantaban en el Juergas Rock de Adra, donde eran cabeza de cartel: «Haz turismo invadiendo un país; es barato y te pagan la estancia». En realidad, en 1990, estaba dirigida a los marines estadounidenses, no al pueblo marroquí, pero no ha pasado de moda y Donald Pan la ha vuelto a poner de actualidad.
Ya saben que en la mitología griega, Pan era un dios alegre que, huyendo del Olimpo, se refugió en las montañas de Arcadia, a vivir de su rebaño, de la naturaleza y disfrutar de la vida lejos de las guerras. Formaba parte del séquito de Dionisio, el dios del vino y de las bacanales, y le gustaba, entre otras cosas, jugar con las jovencitas ninfas y tocar su flauta. Era divertido, pero cuando se enfadaba, su grito era aterrador y provocaba el pánico (de ahí deriva este término) entre los que lo escuchaban. Con el tiempo, su mito se relacionó con la gente inmadura que se negaba a crecer y que vivía en su Arcadia particular, como Peter Pan. No me digan que el dicharachero Donald no encaja con este mito, sobre todo porque luego Roma lo representó como un fauno, mitad hombre, mitad cabrón. Uy, qué mal ha quedado eso, debería haber dicho macho cabrío.
Disculpen que no me ponga trágico, intenso y repita lo que llevamos dos semanas escuchando desde la diestra y la siniestra de nuestro país, Europa y el mundo. Prefiero seguir tirando de ironía, porque tengo la sensación de que de nada sirven nuestros cabreos y opiniones, y que estamos en manos de gente impresentable, autócratas y billonarios que juegan desde sus palacios a gobernar y repartirse el mundo, buscando su Arcadia particular y utilizando a la gente prescindible para conseguir sus caprichos.
La gente prescindible, los daños colaterales, las monedas de cambio, no hace falta decirlo, somos nosotros, los ceutís, los chavales marroquíes a los que engañaron prometiéndoles una vida mejor y, aunque ellos no lo crean, también nuestros políticos. Son los ahogados en el Mediterráneo, los quemados en los incendios, los fallecidos en la DANA de Valencia, en Adamuz, a consecuencia del COVID, por la violencia de género, o en Irak, Ucrania, Somalia o en cualquier guerra y tragedia evitable. Pero no se invierte en prevención y se termina ondeando la bandera a media asta y derramando lágrimas de cocodrilo.
Lo mires por donde lo mires, en la frontera de Ceuta solo ha ganado la gente impresentable, el rey de Marruecos y sus amigos, incitadores y genocidas, Pan y Netanyahu, en su negocio particular de acumular riquezas y poder. Los prescindibles somos los que hemos vuelto a morir, los que estamos tirados en las calles mendigando agua y comida. Ha perdido España, con sus políticos y periodistas afines a la cabeza que han vuelto a usar la tragedia para buscar votos y cuotas de poder, y Europa, al pensar que este problema es solo nuestro.
No tengo la solución, pero puestos a elegir, prefiero no levantar más muros, ni obligar a los soldados compatriotas de la frontera a golpear y disparar contra los chavales engañados, o dejarlos tirados en las calles o en las playas. Prefiero que sean las leyes, los acuerdos internacionales y la diplomacia, no solo española, sino la europea, la que busque la manera de entenderse con el tonto de Homer, porque, siguiendo con la ironía, nos ha tocado la misma cruz que al beato, y ahí radica uno de los grandes problemas, las religiones, de Ned Flanders.
En fin, que esta semana habrá que tener un ojo puesto en el eclipse y otro en la frontera, porque se escuchan las pisadas de los caminantes blancos, y aquí no tenemos a Jon Nieve, ni vidriagón ni acero valyrio para detenerlos.












