(Por Moisés Palmero Aranda Educador Ambiental) Ni la bendita lluvia ni Trump nos han dejado disfrutar de los Reyes Magos. Apagadas las luces, silenciados los villancicos, borradas las sonrisas de maquillaje y eliminadas las vacías felicitaciones de la IA, volvemos a la cruda realidad, a seguir revolcándonos en la inmundicia, con el olor a azufre en el ambiente, cayendo fuego en lugar de maná, porque parece que anda suelto Satanás.
Añado lo de “parece” por ser fiel a la canción de Aute que Barón Rojo versionó, “Anda suelto Satanás”, pero sabemos que no es una suposición. El diablo se ha vuelto a aparecer al mundo, en fechas de paz y concordia, invadiendo Venezuela, para matar moscas con el rabo.
Lo llaman intervención militar puntual para liberar al pueblo, devolver la democracia y detener a su déspota presidente por narcoterrorista, saltándose todas las convenciones, acuerdos y el derecho internacional. Pero reconoce que gobernará el país hasta que haya una transición pacífica, el tiempo que sea necesario, mientras las empresas norteamericanas gestionan el petróleo venezolano y buscan marionetas a las que manejar.
Una injerencia que ha desatado el nerviosismo y la incertidumbre a nivel internacional, sobre todo en América Latina, porque han vuelto a aparecerse los fantasmas del pasado, nunca desaparecidos, de vivir arrodillados, sometidos, cercados, humillados y expoliados por el imperialismo yanqui, que lleva repitiendo las mismas políticas desde finales del s. XIX con derrocamientos políticos, el proteccionismo económico y las amenazas de su poder militar.
Satanás, Lucifer, Belcebú o como queramos llamarlo no es Trump, son los EE.UU. de América que, ante la pérdida de su posición privilegiada, en detrimento de la economía china, están dispuestos a cualquier cosa para seguir gobernando el mundo. Y eso implica, además de mercadear con genocidas y zares autoproclamados, robar el petróleo de Venezuela para asfixiar a Cuba, Nicaragua, amedrentar a Colombia y México y mandar un mensaje a sus competidores, China y Rusia, marcando, como perro que no come perro, su territorio: haced lo que queráis, pero América es mía, incluida Groenlandia.
La cuestión es hasta dónde están dispuestos a llegar estos países para defenderse de esta provocación, si es que lo hacen; qué hará la vieja y obsoleta Europa, que poco preocupa a Trump, o si el pueblo venezolano, los seguidores de Chávez, que no de Maduro, y el resto de América Latina decide plantarle cara.
Hemos visto que esto último no es posible, que el pelotudo de Milei ha salido a aplaudir a su adorado becerro de oro, y que Chile se sumará a él cuando en las próximas semanas Kast, adulador de Pinochet, asuma el poder ganado en las últimas elecciones.
No estoy de acuerdo con las dictaduras en las que han derivado las grandes revoluciones de Castro y Chávez, pero intervenir en un país soberano, por la fuerza bruta y excusas baratas, bajo un interés económico, violando la Carta de la ONU, no es el camino para la paz. La sombra del mal se extiende vertiginosamente por el mundo, y pronto, si no resistimos, los imitadores de Satanás se sentarán en la Moncloa.
Añoro a Pepe Mujica porque en su boca la palabra libertad tenía sentido y por todo lo que hizo para unir a los pueblos de América Latina, porque sabía que, como escribió Eduardo Galeano, otro uruguayo universal, lleva siglos con las venas abiertas, desangrándose lentamente, porque cuando EE.UU. “salva” un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o un cementerio. ¡Yankee, Go home!











