El brillo de una estrella, el corazón del escorpión(Por Moisés S. Palmero Aranda Educador Ambiental) Ya luce en el pecho, a la altura del corazón, la segunda estrella que representa el número de mundiales conseguidos. Algo que reconozco, no estaba muy convencido de que sucediese porque, por desgracia, en el futbol y en la vida, no siempre ganan los que se lo merecen, y la sombra de Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, es muy alargada. Pero esta vez sí ha habido justicia deportiva y el mejor equipo es el que ha ganado.

Y me alegro de que el noble y el vil metal, un dictador, la mano de Dios, la caprichosa Fortuna (diosa de la suerte, el azar y el destino) o un error arbitral fortuito o interesado, no hayan interferido en ello, como suele ser habitual.

Es cierto que ganas e intentos no han faltado, y por eso, durante toda la semana, desde que barrimos a Francia, una melodía, El brillo de una canción de Danza Invisible, jugueteaba para prevenirme en mi cabeza y fue creciendo amenazante hasta que Ferrán metió el gol que recordaremos siempre y atrapó la estrella que sabíamos estaba en el aire, que no se podía ver y podía escurrirse, para coserla en el pecho, y que se derrame en nuestras lágrimas y pase de tu sonrisa a la mía, una y otra vez. Una y otra vez.

Sé que este sentimiento fraternal que nos une es efímero, los efectos del opio y que la importancia de este brillo es inocuo, un caramelito incomparable con el brillo de las bombas que esta semana siguen cayendo en Irak, Ucrania o Gaza ordenadas o con la complicidad del mismo hombre y sus colegas que han entregado sonrientes la copa de campeones o hablan de Paz en el descanso del partido mientras cambian las normas en los despachos; o el brillo de las llamas de los incendios forestales que queman medio planeta y de los que solo nos hemos preocupado porque las cenizas amenazaban el espectáculo; o el brillo de la cantidad de millones que han ganado con su publicidad las empresas que están atentando contra nuestra salud generando un deseo que nos vacía los bolsillos y nos invita a consumir, que no, hacer deporte; o el de las olas de calor que nos recuerdan que nuestro físico no es inmortal, como tampoco lo son las estrellas cuyo brillo nos llega incluso después de muertas, pero que podemos generar un mito, trascender, para que nos recuerden las generaciones venideras.

Mitos, cuentos y leyendas que contarán lo que no somos, embelleciendo la tiranía, la avaricia y el pillaje; glorificando héroes para entretener, engañar y dominar a la población que trabajará para ellos; inventando utopías para que no perdamos la esperanza, para marcarnos caminos sin retorno que nos impiden salir del laberinto y conseguir pequeñas victorias en batallas intrascendentes; para hacernos creer que somos felices mientras apenas nos llega para comer, pagar una casa digna y disfrutar de educación, sanidad y una jubilación que nos garantice que no moriremos como perros abandonados.

Como soy un soñador, tonto dirán otros, aun sabiéndome engañado y vapuleado, me dejo arrastrar por estas emociones colectivas, pero intentando a la vez no contribuir a ellas, pensando, iluso de mí, que estoy librando una gran batalla, y que si no compro sus camisetas, no pago sus entradas, no consumo la mierda que nos venden, terminarán por desaparecer y la gente despertará de su letargo.

Es por este conflicto de sentimientos encontrados entre la razón y el corazón que he decidido que, para recordar esta insignificante e inservible victoria, no la llevaré cosida a una tela, sino que la buscaré en el firmamento mirando al sur en las noches de verano en la constelación de Escorpio. Cada vez que mire a Antares, el corazón del escorpión, la rival de Ares, el dios de la guerra, una estrella doble, supergigante roja, de las más antiguas que conocemos, a 600 años luz de distancia, que morirá dentro de 1,4 millones de años, 12 veces más grande que el sol representado en la bandera de Argentina, me acordaré de la importancia de trabajar en equipo, de tener un plan, de poner el talento y la razón por encima (aunque tampoco pueden faltar) del corazón y la garra, y sobre todo, de creer en uno mismo y confiar en los que nunca te abandonarán e irán contigo donde les pidas, sacrificando por el objetivo final, su nombre y su ego.

Además, recordaré que Escorpio brilla en las noches de verano, alejado de Orión, que lo hace en invierno, al que mató, por orden de Gea, porque se creía invencible y no dejaba de matar animales en la Tierra. Sé que si algo caracteriza a Messi, no es su soberbia, pero sí que es un gigante que brillará siempre en el firmamento y que nunca podremos olvidar.