(Por Moisés S. Palmero Aranda Educador Ambiental) Una palabra homónima es aquella que se escribe, se pronuncia o suena igual, pero tiene origen y significado diferentes. En este título aparecen dos, provocando un juego de palabras que nos ofrece 4 probabilidades principales para imaginar una explicación, 12 si incluimos las acepciones de cada palabra y hasta 189 si mezclamos varias acepciones de cada una. No descarto más, pero he tenido que recurrir a la IA porque la probabilidad que estudié en la carrera la tengo un poco oxidada. Pero sean las combinaciones que sean, es un gran ejemplo y un buen ejercicio literario para explicar la fuerza de las palabras, la literatura y la imaginación.

No sé cuál te habrá venido a la cabeza, pero lamento (a mí es la que más me atrae desarrollar) que no es un enfrentamiento entre dos herederos al atardecer en una ciudad con aroma a mar en un lejano y árido desierto y la venganza y las consecuencias por los juegos de poder provocados tras la muerte de uno de ellos.

Por desgracia, lo sucedido es la combinación más triste posible, porque es la “crónica de una muerte anunciada” que ya avisábamos en otras opiniones: “Somos la locura enloquecida”, en 2019, y “María y la ciudad de los delfines”, a principios de este verano.

Esta ciudad imaginada la situamos en los acantilados de Aguadulce, donde de forma habitual se puede observar una población de delfines mulares que vienen a comer a la piscifactoría. María es una joven antropóloga y neurocientífica que está haciendo su tesis doctoral buscando descifrar quién es quién dentro del grupo, las relaciones que los unen, sus hábitos, costumbres y los problemas a los que se enfrentan y que denuncia cuando tiene ocasión, para intentar protegerlos de nosotros, que somos la locura enloquecida, una cita de Moby Dick.

Pues bien, el pasado día 8 de agosto por la tarde, cuando salió a observar la frenética actividad de esos días, que yo mismo pude volver a comprobar por la mañana a bordo del Costa Delfín, donde realizábamos una de las salidas aplazadas de la Semana de la Posidonia, se encontró con una escena dramática que no le hubiese gustado presenciar. Una joven madre, a la que no tenía identificada en su base de datos, elevaba con su pico a una cría, intentando reanimarla y que respirase, manteniéndola a flote. Estaba muerta.

El duelo, el dolor, el sentimiento de pérdida es un comportamiento habitual en los cetáceos. Hay varios sucesos registrados. A modo de ejemplo, a finales de julio, un caso similar en Australia se viralizó. Grabaron a Fraggle, también mular, llevando a su cría muerta, debido al frío invernal, durante once días. Como en un cortejo fúnebre, los catorce miembros de su manada la acompañaron, compartiendo el peso de la cría para que la madre descansase y comiese. Unos lo hacían de cerca y otros a una distancia prudencial. Sorprendentemente, al llegar a un estuario, otro grupo diferente de delfines se unió al cortejo. La escena y los sonidos son conmovedores y desgarradores porque nos recuerdan que su forma de actuar no es muy diferente a la nuestra, con las connotaciones biológicas, sociales y culturales que eso implica.

Sin embargo, lo ocurrido aquí no se ha publicado en ningún sitio y es mucho más trágico. Sin poder demostrarlo, porque no lo vio, María está convencida de que, por lo vivido y las fotos realizadas, fue debido a la interacción de las motos de agua y otras embarcaciones, que muchos observamos esa misma mañana. Algunas de ellas eran una auténtica persecución para captar una imagen, un like con el que presumir ante los amigos.

Haciendo de tripas corazón, como buena científica, siguió documentándolo todo: la respuesta de sus congéneres, quizás del padre, el n.° 19 que sí tiene en sus registros, y la sucesión de sonidos, chasquidos y gruñidos desesperados, de llamada y consuelo que se produjeron durante la escena. Los expertos los llaman, por su parecido, bray call, llamada de rebuzno.

Por el Real Decreto 1727/2007, de 21 de diciembre, ante la presencia de cetáceos, hay 60 metros a su alrededor, la zona de exclusión, en los que no podemos estar, y si son ellos los que se acercan, hay que parar el motor o ponerlo en punto muerto ante las ballenas, cachalotes y zifios, y si son delfines, bajar la velocidad y mantener el rumbo sin movimientos bruscos.

Hasta los 300 m está la zona de permanencia restringida, donde no se puede estar más de 20 minutos, solo dos embarcaciones, y siempre navegando en paralelo a ellos, ni delante ni detrás, a un máximo de cuatro nudos. Y por supuesto con la prohibición, de no cruzarse en su camino, ni perseguirlos, acosarlos, tocarlos, bucear, grabarlos con dron, alimentarlos y usar el sonar. Lo ideal es navegar por la zona de aproximación que va hasta los 500 metros.

Las sanciones para quien no respete las normas también están estipuladas. Las leves, por molestarlos, pueden llegar a los 60.000 euros; alcanzando los 200.000 euros si son graves por acoso reiterado, e incluso hasta el delito penal, con cinco años de prisión, por provocarles la muerte, heridas o su varamiento. Aunque da igual la normativa si no se hace cumplir.

Esta historia quedará solo como una anécdota, un lamento, una queja lanzada al viento con la esperanza de que alguien la reciba y decida, porque pueda, hacer algo para investigar y esclarecer lo que pasó, aunque sabemos que es muy complicado porque el cuerpo no ha aparecido. Pero al menos que sirva para adoptar las medidas necesarias para que no vuelva a suceder; para poner un poco de cordura en esta locura enloquecida en la que nos hemos convertido; en este duelo contra la naturaleza en el que, como el capitán Ahab, llevamos las de perder.