Huelga general: aunque sin fe, participaré.(Moisés S. Palmero Aranda Educador Ambiental) Cruzado el Puente de Todos los Santos, entramos en un intenso mes, donde se dirimirá si el «Manual de Supervivencia» del presidente escribe un nuevo capítulo, o la derecha, la Citerior y la Ulterior, consigue descatalogarlo o, repitiendo patrones, censurarlo y quemarlo en la hoguera. Para no ser faltón, recupero esos adjetivos para definir a la derecha que fueron los que utilizó la República romana (luego convertida en imperio, como el yanqui que algunos adoran) para dividir la península ibérica cuando decidió quedarse (y empezar a cobrar impuestos) a «okuparnos», someternos o, para algunos, liberarnos: la más cercana y la más lejana a Roma.

Eso será el 29N, pero antes sucederán muchas cosas, que convertirán esta precampaña, que ya dura cuatro años, en una de las más entretenidas de la historia de nuestro país; por lo menos que yo recuerde. A los incendios forestales, la invasión de Ceuta, el símbolo de la vivienda de Maricarmen y el nuevo accidente ferroviario habrá que sumarle la huelga general, la celebración del 20N por el aniversario de la muerte del golpista, asesino y dictador Franco (que no comprenderá por qué lo resucitan para incitarnos a votar pudiendo recurrir a las armas) y el 25N, cuando la marea violeta volverá a las calles para conmemorar el Día de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

Me da la sensación de que estas Navidades no cantaremos muchos villancicos, porque al cabreo por el precio de las gambas y el cava habrá que sumarle la tensión de los resultados obtenidos en las urnas, sean los que sean. Me conformo con que no comience una nueva guerra civil, las oficinas de correos no salgan ardiendo y no se desempolve el garrote vil.

Pero no me adelantaré a los acontecimientos y, como dijo el poeta, haré camino al andar, verso a verso, golpe a golpe. Lo primero, si es que no sucede otra tragedia inesperada y no se suspende con cualquier excusa, es el 11N, la huelga general, en la que sin ninguna duda participaré.

Soy consciente de que se ha convocado para aprovechar la inercia de las manifestaciones populares por la vivienda, y que los sindicatos la han utilizado como una herramienta política. Como lo son todas, no me cabe duda, y así tienen que ser, pero en esta ocasión, por la urgencia, después de ocho años callados y ante unas elecciones generales, es de la mala política: la oportunista, partidista, interesada y demagógica.

Además, creo que no servirá para nada, porque los partidos, cuando lleguen al poder, harán lo que les dé la gana sin pensar en nosotros, en el pueblo, siguiendo las directrices de esas élites a las que representan, rinden pleitesía, deben obediencia y pagan sus servicios abriendo puertas giratorias y ofreciendo sillas en consejos de dirección.

Pero a pesar de eso, y aunque parezca contradictorio, la apoyaré, porque es la oportunidad de escribir el guion de los debates electorales, para que se hablen de los temas que a la ciudadanía nos preocupan: Las condiciones de vida, los salarios, la vivienda y la inflación; los derechos sociales, la sanidad, educación, pensiones, la protección social y la brecha entre ricos y pobres; el modelo económico con las privatizaciones, la venta del territorio a los megaproyectos energéticos extranjeros, el agua, y la pérdida del sector primario; y el modelo de sociedad que queremos, más justo e igualitario, con soluciones a la gestión de la inmigración, la emergencia climática y la política exterior.

Llevamos años viendo a los sanitarios, a los maestros, a los retenes de incendios, a los ferroviarios, a los agricultores y otros muchos colectivos reclamando sus derechos en las calles. Ahora es el momento de hacerlo juntos, olvidando quién, cómo y por qué han convocado. Es hora de salir a exigir y a recordarles a todos los candidatos que están a nuestro servicio.

Porque si no lo hacemos, se volverán a dedicar a insultarse los unos a los otros, a gritarse el «y tú más» y anunciar que viene el lobo. Dejémosles claro que, aunque seamos rebaño, pensamos y no tememos a los lobos, sino a los pastores y sus obedientes perros, que para salvarnos del matadero nos ofrecen el camino del acantilado, del sacrificio.