(Por Jesús Miguel Relinque Mota) Vivimos en una sociedad que a menudo camina de puntillas sobre las heridas del prójimo, una cultura que rinde culto a una felicidad plástica y olvida que la verdadera fortaleza se fragua en el crisol de la adversidad.

Como docente de las Aulas Temporales de Adaptación Lingüística (ATAL), convivo a diario con el desarraigo, con el miedo en los ojos de jóvenes que han dejado atrás su tierra, su lengua y sus raices.

Y es precisamente ahí, en la frontera de la vulnerabilidad, donde la educación adquiere su dimensión más sagrada.

No se puede enseñar inclusión desde un púlpito de certezas absolutas. Para tender puentes lingüísticos y culturales, primero hay que haber transitado los propios abismos.

Quien ha conocido el dolor crónico, el aislamiento del alma o las quiebras de la vida, desarrolla una mirada distinta: una mirada capaz de descifrar los silencios de un alumno migrante.

Nuestras aulas no solo necesitan gramática y vocabulario; necesitan una pedagogía de la resiliencia.

Educar es un acto de resistencia frente a la hipocresía social.

Consiste en demostrarles a estos chicos, con el ejemplo de nuestras propias vidas reconstruidas, que ninguna tormenta es eterna y que las cicatrices, lejos de ser motivos de vergüenza, son las credenciales de los supervivientes.

La verdadera educación democrática y justa empieza cuando transformamos nuestro sufrimiento en un faro de esperanza para los que acaban de llegar.

Las experiencias difíciles ayudan al docente a aconsejar y a educar desde la fortaleza y desde la empatía más profunda por los sentimientos de aquel que sufre.

A hacerlo desde un intenso conocimiento de la realidad del sufrimiento humano y de la realidad que muchos alumnos extranjeros han vivido al cambiar de casa, de país , de amigos y a veces hasta de familia.

La enorme dificultad de esta metamorfosis tan grande, solamente la sabemos las personas que hemos experimentado situaciones muy complicadas en nuestras propias vidas, por eso creo que mis alumnos me quieren y me piden consejo, porque ven en mí a alguien que sabe entenderlos con un corazón que ha vivido experiencias muy similares a las suyas y que conoce los entresijos más ocultos de sus almas heridas y en algunos casos abandonadas en soledad.

Jesús Miguel Relinque Mota profesor de instituto de Atal e interculturalidad en Alhaurín de la Torre, Málaga y Torremolinos.